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Vocación de Santa María Eufrasia contada por ella misma en 1866, según consta en las notas escritas por las novicias.

Submitted by: francoise
On: 24/04/2014

Ustedes me han pedido que les hable de mi juventud y vocación: espere largó tiempo antes de entretenerlas con estas cosas, no me ha gustado  ocuparme de mí, pero hay un tiempo para callarse y nuestro Señor me hizo comprender que llegó el tiempo de hablar de esas cosas. Saben que yo era huérfana y habitaba en la isla de Noirmoutier. A los 13 años fui enviada cómo pensionista  a Tours, la Superiora era una antigua amiga de mi madre quien le prometió cuidarme con esmero.
 Yo lloré mucho, no podía comprender como me enviaban tan lejos.  En esa época no había líneas  férreas y necesitábamos tres días y tres noches para llegar a Tours. “Yo no era piadosa, no me gustaba ir a confesarme y no sabía cómo Dios permitía que mi confesor me tratase tan rudamente: mis faltas me parecían crímenes y todas mis tentaciones eran consideradas como pecados mortales.
Mis maestras me regañaban y me irritaban con mil observaciones que yo no soportaba. Felizmente, la segunda maestra, la Señorita de Lignac, quien solo tenía 20 años, pero que era un ángel de piedad, vio mi pena y llamándome en particular, me habló con dulzura y bondad; ella me ayudó a hacer mi  examen de conciencia,
aclaró mis dudas y pronto ganó mi afecto. El pensionado en esa época era floreciente: reunía 90 chicas de las mejores familias;  era un espectáculo edificante el de esta juventud numerosa. La mayoría frecuentaban los sacramentos cada 15 días, inclusive, algunas, cada 8 días;  por la tarde se hacían practicas cómo las que se hacen en el noviciado. Fui testigo del esplendor de esta casa y asistí, poco tiempo después, a su derrumbamiento.
Una pensionista, una sola, echó a perder este enjambre de corazones puros.
 Por desgracia! El desorden y la corrupción n pronto hicieron asombrosos estragos. Los padres, disgustados, retiraron a sus hijas.  Las que quedaron, se convirtieron en demonios en lugar de los ángeles, que eran antes.
La señorita de Lignac se retiró a un pensionado que había a establecido una comunidad en la ciudad. Pero yo no pude seguirla y  fui obligada a continuar viviendo en medió de mis compañeras quienes me trataban muy mal porque yo me resistí a imitarlas.
Se me dio una maestra que había a sido religiosa antes de la Revolución. Había escapado a la muerte, a través de mil peligros. Era una buena religiosa pero de una severidad excesiva. Yo era huérfana, añoraba a la señorita de Lignac quien hacía las veces de mi madre;  verdaderamente era desdichada. Entonces me volví totalmente a Dios y comprendí que era amada con un amor incomprensible. Después de 6 meses,sentí gran atractivo por la vida religiosa. Frecuentemente nos mostraban  el viejo edificio situado detrás del jardín del pensionado, diciéndonos delicadamente que era allí dónde las buenas religiosas habían abierto un refugió para las muchachas que se habían portado mal en el mundo y que allí se hacía mucho bien al trabajar por la salvación de las almas. Esto me venía constantemente al pensamiento y me inspiró el deseó  de entrar en esta comunidad. Pero cómo hacer para lograrlo? Sólo tenía 15 años.

Escribí a mi tutor que estaba decidida a hacerme religiosa en El Refugió de Tours. Él se enojó mucho. Me contestó que jamás lo consentiría, que si quería podía ir al Sagrado Corazón,  pero que para el Refugió, ni soñarlo! ... Sin embargó yo no me desilusioné e hice conocer mi proyecto a mis maestras y compañeras. Las primeras trataban mis ideas de niñerías, las segundas comenzaron una persecución terrible contra  mí. Me decían mil injurias, en el refectorio me tiraban pedazos de pan a la cabeza, gritando: “Toma, esto para tu vocación, tú quieres ser religiosa, es necesario que aprendas a sufrir!” Y mil cosas de este género. Yo continué orando con fervor, contando con la protección de Dios y deseando ardientemente encontrar  la ocasión para hablar a las religiosas del Refugió.
Por fin, una tarde, una de mis maestras que me amaba mucho  y que tenía piedad de mí, me hizo prometer no traicionarla y se comprometió a hacerme salir secretamente para conducirme al Refugio. En efecto, salimos furtivamente, una tarde de invierno. Fuimos recibidas con mucha cordialidad y la Superiora prometió admitirme entre sus hijas, cuando se solucionaran las dificultades que me retenían en el mundo. Regrese al pensionado feliz. Pero allí se elevó contra mí una furiosa tempestad. Al llamar a lista a las alumnas se habían dado cuenta de mi ausencia; me buscaron por todas partes,  y no me encontraron. Adivinaron que había ido al Refugió del cual yo no cesaba de hablar. Mi compañera encontró un medió de esquivarse, pero yo fui obligada a confesar dónde había a ido. La maestra me colmó de reproches. Era la hora de comer: “Pan seco y agua para la señorita”. Yo temblaba  de frío y lloraba muy fuerte. De repente, todas mis compañeras, tan injustas hacia mí, se pusieron de mi lado.
Se rebelaron contra la orden de la maestra y, como su maldad nada les hacía temer, le dijeron mil tonterías.
“Cómo? Usted condena a pan secó a esta pobre pequeña Virginia, que jamás ha hecho daño a nadie? Es una pequeña mártir que sufre por la vocación; ella quiere hacerse religiosa, entonces, déjenla ir al convento!”
Después me hicieron acercar al fuego, y me trajeron postres, bombones, todo lo mejor que tenían. Jamás habían tenido tanta atención   para mí! La maestra tuvo que dejarlas actuar, ella tenía poca autoridad sobre sus alumnas quienes no respetaban a nadie. Pasaron algunos meses,una de mis maestras me alentaba mucho. Ella me afirmaba en mi vocación y me formaba en los ejercicios de la vida religiosa. También una  religiosa del Refugió me escribió que “la Santísima Virgen se  le había aparecido y le había revelado que la voluntad de Dios era que yo  entrase en esta comunidad y que me condenaría si no seguí a mi llamado”. Ustedes comprenden que para una cabeza de 15 años, este acontecimiento maravilloso era irrefutable, y a todo lo que se me objetaba, yo respondía que la Santísima Virgen había dicho que me condenaría si no entraba al Refugió. Después de muchas resistencias obtuve lo que deseaba ardientemente.
Deje las maestras que me querían, a pesar de la severidad que habían tenido conmigo. Sobre todo, aquella que me había tratado más duramente me decía poco tiempo después: “Hija mí a, usted no comprendió mi conducta. Tuve que actuar con rigor hacia usted porque usted es de esas almas que van lejos en el mal o en el bien. Ahora usted es fuerte, vaya con confianza dónde  la llama la voluntad de Dios”. Todas las buenas Hermanas del Refugió me recibieron como a una hija querida. Me creí a  en el  paraíso y pronto olvidé todo lo que había sufrido.

Santa María Eufrasia en 1866, notas escritas por las novicias